Persigue ser quien eres
- 23 mar
- 3 Min. de lectura
Salvador Carrillo
@terapiacarrillo

La mayoría de las personas no está luchando contra el mundo, está luchando contra sí misma, intentando forzar una versión que le fue entregada desde afuera — por la familia, por la cultura, por el momento histórico en que nació — como si fuera la versión correcta. Y el esfuerzo es real, y el agotamiento es real, pero la dirección está mal puesta. No es una batalla que se pueda ganar porque el enemigo no existe. Lo que existe es una forma de ser que no encaja con lo que se esperaba, y esa forma no va a desaparecer por más que se insista en taparla.
El problema es que "ser lo que debes ser" se disfraza de virtud. Se llama responsabilidad, madurez, sacrificio, realismo. Y eso lo hace mucho más difícil de cuestionar, porque cuestionarlo parece egoísmo o inmadurez. Entonces la persona sigue adelante, cumpliendo, ajustándose, y cargando una tensión que no sabe muy bien de dónde viene porque nunca se ha permitido preguntarlo con honestidad.
Lo que sí está en tus manos no es elegir quién eres en lo fundamental, sino qué tan sano o qué tan dañado expresa eso que eres. Una persona con tendencia natural al liderazgo puede ejercerlo desde la seguridad o desde el control y el miedo. Una persona profundamente sensible puede desarrollar esa sensibilidad como una forma de entender a los demás o puede quedar paralizada por ella. El material de base no cambia, pero el estado desde el que opera sí. Ahí es donde el trabajo personal tiene sentido real: no en convertirte en alguien distinto, sino en que quien ya eres funcione desde un lugar menos roto.
Eso requiere primero soltar la pelea. Dejar de intentar ser lo que no eres no es rendirse, es dejar de gastar energía en una dirección que nunca iba a ningún lado. Y en el espacio que queda cuando se suelta esa tensión, muchas veces aparece algo que ya estaba ahí desde el principio, esperando que dejara de haber tanto ruido encima.
Si asumes que algo en ti está mal, la respuesta natural es eliminarlo o suprimirlo. Pero si asumes que está inmaduro o mal dirigido, la respuesta es otra: entenderlo, trabajarlo, encontrar el lugar donde ese rasgo deja de ser un problema y se convierte en algo útil o incluso necesario. Son dos posturas completamente distintas frente a la misma realidad.
Una persona muy intensa, que siente todo con fuerza y le cuesta modular sus reacciones, puede pasar años avergonzada de esa intensidad porque le han dicho de mil formas que es demasiado. Pero esa misma intensidad, cuando madura, puede ser la razón por la que esa persona es capaz de comprometerse de verdad con algo, de sostener proyectos difíciles, de conectar con otros a un nivel que la mayoría no alcanza. El rasgo no era el problema. El problema era que todavía no había aprendido a habitarlo sin que desbordara.
Lo mismo pasa con la terquedad, que de niño te la señalan como un defecto y de adulto, bien dirigida, es la capacidad de no abandonar algo cuando todos los demás ya se fueron. O con la tendencia a cuestionar todo, que puede vivirse como una fuente de conflicto constante o puede convertirse en pensamiento crítico real. O con la necesidad de control, que en su versión inmadura genera fricciones en todas las relaciones y en su versión madura produce personas muy capaces de organizar, anticipar y sostener estructuras complejas. En casi todos los casos hay un rasgo genuino debajo, y lo que determina si ese rasgo daña o construye no es su existencia sino el nivel de desarrollo desde el que opera.
El trabajo entonces no es amputar partes de ti mismo sino preguntarte qué versión de ese rasgo estás expresando y qué necesitaría para expresarse de una forma que no te juegue en contra. Eso es muy distinto a intentar ser alguien que no tiene ese rasgo, que es el camino que mucha gente toma y que no lleva a ningún lado porque el rasgo no desaparece, solo se vuelve más ruidoso o más subterráneo.


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