La libertad: Ética y criterio
- 20 mar
- 4 Min. de lectura
por Salvador Carrillo
@terapiacarrillo

El anhelo de libertad es una de las aspiraciones más profundas del ser humano. Los animales pueden desear no ser sometidos por un mal amo, pero no poseen la capacidad de aspirar a la libertad como tal. Y es que la libertad no consiste simplemente en "hacer lo que se desea"; es, en realidad, un concepto mucho más complejo.
Distintos pensadores la han comprendido de maneras diversas. San Agustín creía que la libertad era la capacidad de escoger el bien. Ayn Rand la entendía como la facultad de actuar bajo el propio criterio mediante el uso de la razón, orientada hacia el interés propio. Fritz Perls sostenía que ser libre significa hacerse cargo de uno mismo: dejar de culpar al mundo y asumir la responsabilidad del propio ser. Para Friedrich Nietzsche, la persona libre no se somete a los valores tradicionales, sino que crea los suyos propios y actúa con apertura ante lo que la vida le ofrece. Para Gilles Deleuze, en cambio, la persona libre es aquella que está en constante cambio y mutación, que no se deja atrapar por esquemas rígidos sobre cómo vivir.
En todos estos ejemplos encontramos elementos comunes: la responsabilidad hacia uno mismo, la atención al mundo interior, la coherencia entre pensamiento y acción, y una claridad ética propia.
Existe una comprensión vulgar de la libertad que la reduce a "haz lo que te venga en gana". Sin embargo, si intentamos entenderla con seriedad, vemos que va mucho más allá del simple apetito: exige un conocimiento profundo de uno mismo y un código de conducta propio.
Muchas personas imaginan que tener mucho dinero les permitiría ser verdaderamente libres, pero eso es una ilusión. El exceso de dinero en manos inadecuadas puede incluso ser contraproducente. La libertad y la responsabilidad son inseparables: quien carece de un sentido genuino de responsabilidad hacia sí mismo puede terminar actuando en contra de su propia libertad.
Quien lleva una vida sexual promiscua y compulsiva actúa a merced de sus apetencias, del mismo modo que un alcohólico actúa a merced de su anhelo de licor. En ambos casos hay una ausencia de libertad real. Por eso la libertad necesita un código ético: para sostenerse, primero debe preservarse a sí misma.
Resulta llamativo que muchas personas se indignen cuando alguien las critica o intenta imponerles algo, pero no reparen en que ellas mismas, con frecuencia, actúan en contra de su propia voluntad. La libertad, entonces, no se trata únicamente de no ser controlados por otros: implica también la capacidad de gobernarse a uno mismo.
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La libertad no existe en el vacío; se desarrolla siempre dentro de un contexto. No es una abstracción, sino una forma concreta de actuar en el mundo. Puedo ser libre para y libre de: libre para hacer y libre para dejar de hacer. La libertad existe tanto en sentido positivo como negativo.
Hay quienes comprenden la libertad como una acumulación incesante de experiencias: viajes, compras, fiestas, novedades. Esa forma de pensar puede convertirse en un exceso, y confundir la libertad con la hiperactividad. Tan libre necesito ser para iniciar un proyecto como para decidir no iniciarlo. La verdadera libertad no siempre hace ruido.
Es bien conocida la idea de que podemos hacer lo que queramos, pero siempre deberemos asumir las consecuencias. Muchas personas tienen vidas plenas no tanto por lo que hicieron, sino por lo que decidieron no hacer: no caer en vicios, no enemistarse innecesariamente, no alimentar el drama cuando la paz era posible. Eligieron bien, y esa elección los hizo más libres.
Todo esto pone de relieve la importancia del criterio propio. La libertad se sostiene sobre él. Por eso la educación, entendida en sentido amplio, es una de las vías más sólidas hacia la libertad: comprender el mundo, sus dinámicas, sus matices, nos permite actuar con mayor lucidez. Quienes tuvieron la fortuna de recibir una buena educación en casa tienen una ventaja, pero no una garantía: la vida siempre exige seguir formando el propio criterio. Y quienes no tuvieron esa suerte tienen ante sí el desafío —y también la posibilidad— del autoaprendizaje.
Estas reflexiones nos conducen, inevitablemente, a valorar el libre pensamiento. Sócrates afirmó que la vida no examinada no merece ser vivida, y tenía razón. La libertad comienza en el interior: en la disposición a pensar por uno mismo, a cuestionarse, a no aceptar sin más lo que el entorno impone. Es un ejercicio que se fortalece con el tiempo y con la educación, y que da como fruto el criterio propio: el fundamento más sólido de cualquier libertad genuina.
Seguir a la mayoría no te hará libre. La comodidad social y la libertad son cosas distintas, aunque a menudo se confundan. Vivir según las expectativas ajenas es una forma de esclavitud, quizás la más difícil de reconocer precisamente porque es voluntaria. Y la esclavitud más honda de todas es la psicológica: la que no se ve, la que uno mismo se impone sin darse cuenta.
Tampoco el dominio sobre los demás otorga libertad. Quienes desean el poder para moldear el mundo a imagen de su ego terminan encadenados a ese mismo ego. La verdadera libertad no se conquista sobre los otros, sino dentro de uno mismo.


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