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Céntrate en la meta y no en el resultado

  • 6 ago
  • 4 min de lectura

por Salvador Carrillo


Resulta evidente el anhelo del ser humano por alcanzar metas. Estas tienden a ser grandes promesas del futuro, idealizaciones de un porvenir soñado. Aunque es imposible no tener metas, pues ir a la cocina a desayunar o vestirse para ir a trabajar son ejemplos de pequeñas metas que nos ponemos a diario – al fin y al cabo todos nos ponemos como meta diaria llegar vivos al final del día –, la obsesión con metas grandes puede conducirnos a comportamientos rígidos y obsesivos que, en vez de crear un mejor futuro, nos boicotean.



Muchos importantes empresarios, como personas que han tenido un significativo éxito en diferentes áreas de la vida, como en el desarrollo espiritual o el amor de pareja, entienden la importancia de centrarse en el proceso y no en la meta.



Si somos sinceros en autoanalizarnos, nos daremos cuenta de que corremos como conejos tras una zanahoria hacia nuestras metas, pero no nos detenemos en el proceso. Siendo el proceso, en realidad, el lugar en donde suceden las posibilidades de algún tipo de éxito.



La palabra proceso resulta interesante. Viene del latín processus, que significa avance, marcha o desarrollo. Este término nace del verbo procedere (avanzar o marchar hacia adelante), formado por la unión de dos partes: pro (hacia adelante) y cedere (caminar, marchar o andar). La persona obsesionada con la meta solo ve la recta final, por lo que el proceso le parece un obstáculo incómodo a ser sorteado. Centrarse en el proceso, en cambio – si tomamos en consideración su origen etimológico – significa centrarse en caminar hacia adelante, siendo ese andar el objetivo mismo.



Para poder comprender mejor esta actitud superior para manejarse en la vida y tener mejores resultados, resulta interesante recordar este poema de Antonio Machado:



Caminante, son tus huellas


el camino y nada más;


Caminante, no hay camino,


se hace camino al andar.


Al andar se hace el camino,


y al volver la vista atrás


se ve la senda que nunca


se ha de volver a pisar.


Caminante, no hay camino,


sino estelas en la mar.



Los procesos se van definiendo mientras se realizan. El escritor aprende a escribir escribiendo. El bailarín desarrolla su técnica bailando. El guitarrista aprende a tocar tocando. Cuando se alcanza maestría en algo, se debe a que se posee larga experiencia en ello. Un empresario, por ejemplo, no se hace a sí mismo de la noche para la mañana. Todo empresario de éxito – sin miedo a equivocarme lo afirmo – ha tenido bastantes fracasos en su vida. Y son dichos fracasos los que constituyen su experiencia. Alguna vez escuché una importante frase que hasta el día de hoy reflexiono: El éxito se cimenta en una montaña de fracasos.



Bueno sería que uno se pone una meta, decide unos pasos, sigue los pasos y alcanza esa meta. Pero, si supiera en verdad cada paso para lograr esa meta, quizá es porque ya la he alcanzado antes. La mayoría de nuestros anhelos nos son lejanos e inalcanzables en este momento. Lo que está en nuestras manos, en este instante, es centrarnos en nuestro camino, y el camino se hace andando.



Imaginemos a dos personas. Una, llamémosla Julia, sueña con ser una gran empresaria de la gastronomía. Quiere poner un enorme restaurante. Pero como tiene el capital, deja sus deseos de lado. Otra, llamémosla Antonia, gusta de cocinar. Prepara postres. Hace unos cuantos y los vende a sus amigas. Se da cuenta de que, en especial, sus alfajores son populares. A una de sus amigas, la que más le compra, le propone una serie de ofertas y paquetes, con lo que le comenzó a comprar más. Al darse cuenta de que este paquete de alfajores fue de gran gusto para su amiga, se acercó a una pequeña tienda de cosas de comer y preguntó si podrían vender sus alfajores. Le dijeron que sí, pero que tenía que estar constituida como empresa. Entonces constituyó la empresa, pero como un negocio pequeño. Se aproximó de nuevo a la tienda y colocó allí sus alfajores. No tuvo mucho éxito, pero se le ocurrió acercarse a otras tiendas…



Como el lector puede darse cuenta, hay una diferencia importante entre Julia y Antonia. Julia está centrada en la meta. Esta le es tan grande que le resulta imposible siquiera dar un primer paso. Antonia, en cambio, solo avanzó dando pequeños pasos; se centró en el camino, un paso a la vez, y al andar se hizo el camino. No es que Julia sea menos inteligente que Antonia: la diferencia la ha marcado la actitud hacia aquello que le interesa, que en este caso ha sido la gastronomía.



Es por ello que, si usted desea un mayor logro en algún área de su vida, no se debe preguntar qué desea lograr, sino qué le interesa. Julia quería lograr tener un gran restaurante, mientras que Antonia era alguien interesada solo en compartir lo que cocinaba.



El pensador Erich Fromm, en su obra ¿Ser o tener?, reflexionó de manera importante al respecto. El modo del "tener" se centra en la posesión, el consumo y el control. En este modo, la identidad y el valor de la persona se definen por lo que posee: bienes materiales, estatus, conocimientos e incluso personas. Las relaciones se vuelven instrumentales y la vida se rige por la ansiedad de perder lo adquirido. Para Fromm, esta orientación genera egoísmo, agresividad y una insatisfacción perpetua, ya que siempre hay algo más que poseer. El modo del "ser", en cambio, se basa en la experiencia viva, la actividad productiva y el amor. La persona del ser persigue ser quien es y crecer volviéndose uno con la vida. La persona que socializa desde el tener busca solo tener más amigos, como si estos fueran trofeos. La persona que socializa desde el ser se vincula como una expresión auténtica de sus afectos. La persona que se vincula amorosamente desde el tener busca una pareja por su estatus. La persona que se vincula amorosamente desde el ser busca conectar persona a persona, poco a poco, que sea un descubrimiento mutuo. Quien busca realizar empresa desde el tener solo piensa en el dinero. Por el contrario, quien desarrolla empresa desde el ser busca que esta sea un medio para brindar a la sociedad un bien o servicio que le resulta significativo.



La obsesión por las metas se basa en el fetiche de la posesión. El centrarse en el proceso habla de una fidelidad de ser uno mismo y es un permanente descubrimiento. Salvador Carrillo @terapiacarrillo

 
 
 

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